ATARDECER

ATARDECER
Remar mar adentro

18/4/17

¡Maestro!




“He visto al Señor” 
(Jn 20,18)    

María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: 
«He visto al Señor y ha dicho esto»

El rostro luminoso de una mujer comunica que ha visto al Señor. 
Su espera amorosa y confiada terminó en el encuentro con el que amaba su alma. 
Una mujer se convierte en mediadora de encuentro con Jesús para otros. Una mujer habla abriendo caminos nuevos de libertad. Contempla los rostros de los que te rodean. 
¿De qué te hablan?    

En cada amanecer levanto mi alma a Ti, mi Señor. 
Todo lo espero de tu Misericordia

Señor y Dios nuestro, que nos llamas a vivir unidos y en paz; anímanos con tu misericordia, de modo que, asumiendo nuestra pequeñez, seamos en el mundo testigos de esperanza.

La historia de María Magdalena es impresionante. 
Amaba a Jesús con toda la fuerza de su corazón. 
A quien mucho se le perdona, mucho ama. 
María sigue a Jesús cuando es abandonado por casi todos. 
María lo acompaña cuando Jesús sube al Calvario, es testigo de su muerte, está allí cuando es colocado en el sepulcro. 
Y en la mañana del domingo María está junto al sepulcro de Jesús, llorando.

“Señor, dame un corazón que sepa amarte como María”
“Dame la fuerza de tu Espíritu para acompañarte siempre”
“También a mí me has perdonado mucho. 
Te amo, Señor. 
Gracias”
María ama, pero no cree que Jesús pueda estar vivo. 
Su pena y sus lágrimas no le dejan ver claro: no se da cuenta de que le hablan dos ángeles, confunde al Señor con el hortelano...
Jesús la llama por su nombre: ¡María! 
Y aquella mujer se vuelve, clava su mirada en Jesús, su corazón se estremece y las lágrimas de la pena dan paso a las de la alegría: ¡Maestro!
Ojalá que en esta Pascua todos los cristianos escuchemos al Señor en nuestro corazón, pronunciado con amor nuestro nombre. 
Ojalá nos alegremos tanto como María.

“También a mí me llamas por mi nombre. 
Te escucho, Señor”
Señor, tú expulsaste siete demonios de María Magdalena y, hoy, ahuyentas de mi corazón miedos y desesperanzas, egoísmos y tristezas. 
Gracias, Señor, por lo que hiciste con Magdalena y por lo que haces por mí.

Señor, María Magdalena fue agradecida, te amaba con todo su corazón de mujer y dedicó toda su vida a seguirte y servirte. 
Que también yo, Señor, sea agradecido, te ame, te siga con confianza y te sirva con generosidad.

Señor, Magdalena estuvo siempre a tu lado, en tu pasión, muerte y sepultura. 
Que también yo esté junto a Ti, en los que sufren, cuando no te sienta cerca y cuando la fe me traiga más problemas que satisfacciones.

Señor, tú premiaste la fidelidad de la Magdalena saliendo a su encuentro después de tu resurrección y llamándola por su nombre, para convertir su duelo en danzas.
Señor, que escuche mi nombre salido de tu corazón y me deje alcanzar por ti, por tu alegría, tu paz, tu fuerza...

Señor, tú confiaste a María Magdalena la misión de anunciar tu resurrección y cuentas conmigo para transmitir tu vida nueva. Señor, dame tu Espíritu, para cumplir esta misión con la alegría y la entrega de María Magdalena. 
Amén ----------------------

Lo mismo que María Magdalena decimos hoy nosotros:
«Me han quitado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Marchamos por el mundo y no encontramos nada en qué poner los ojos,
nadie en quien podamos poner entero nuestro corazón.

Desde que tú te fuiste nos han quitado el alma
y no sabemos dónde apoyar nuestra esperanza,
ni encontrarnos una sola alegría que no tenga venenos.

¿Dónde estas? ¡Dónde fuiste, jardinero del alma,
en qué sepulcro, en qué jardín te escondes?
¿O es que tú estás delante de nuestros mismos ojos y no sabemos verte?
¿estás en los hermanos y no te conocemos?
¿Te ocultas en los pobres, resucitas en ellos
y nosotros pasamos a su lado sin reconocerte?

Llámame por mi nombre para que yo te vea,
para que reconozca la voz con que hace años
me llamaste a la vida en el bautismo,
para que redescubra que tú eres mi maestro.
Y envíame de nuevo a transmitir de nuevo tu gozo a mis hermanos,
hazme apóstol de apóstoles
como aquella mujer privilegiada
que, porque te amó tanto,
conoció el privilegio de beber la primera
el primer sorbo de tu resurrección.

Martín Descalzo

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