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Remar mar adentro

9/10/11

LA CARIDAD, VESTIDURA NUPCIAL

¿Qué cosa, por tanto, es la vestidura nupcial? Esta: El fin del Evangelio, dice el Apóstol, es la caridad de un corazón puro, de una conciencia buena y de una fe sincera (1 Tim 1,5). He ahí la vestidura nupcial. No es ella una caridad cualquiera, pues a las veces parecen amarse los hombres cómplices de mala conciencia. Los que se aúnan para robar, los que se juntan para sus maleficios, los que van en tropel a los histriones, los que al unísono aplauden a los cocheros y cazadores circenses, se aman con frecuencia; pero no está en ellos la caridad del corazón puro, de la buena conciencia y de la fe no fingida; y la vestidura nupcial es esta caridad. Si hablando lenguas de hombres y de ángeles, no tengo caridad, soy ‑dice‑ como bronce que suena o címbalo que retiñe. Si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada (1 Cor 13,1-2).
Milagros son éstos a las veces de hombres sin traje de boda. Aunque tuviera yo todo eso, como no tenga también a Cristo... nada, dice, soy… ¡Cuántas cosas buenas no sirven de nada si falta una cosa buena! Si no tuviere yo caridad, aunque dé muchas limosnas a los pobres, aunque vaya por el nombre de Cristo hasta la efusión de la sangre, hasta el fuego, son cosas hueras, que también pueden hacerse por vanagloria… He ahí la vestidura nupcial. Examinaos: si la tenéis, seguros estáis en el banquete del Señor... Vestíos el traje de boda; os lo digo a los que aun no lo tenéis. Estáis ya en la sala del festín y os acercáis a la santa mesa y aun no tenéis la vestidura que reclama el honor del Esposo, aun buscáis vuestros intereses, no los de Jesucristo. La vestidura nupcial tiene por finalidad honrar la unión conyugal; honra al esposo y a la esposa. El esposo es Cristo, ya lo sabéis; la esposa es la Iglesia; también la conocéis. Llevadla al honor de la desposada, honrad al que la desposa; si los festejáis bien, vosotros seréis los hijos. Ved, pues, en qué habéis de progresar: amad al Señor, y el amor divino os enseñará cómo habéis de amaros a vosotros mismos, y cuando por la senda del amor divino lleguéis al amor vuestro, podréis, con toda seguridad amar al prójimo como a vosotros mismos.  
(San Agustín)                                                                                                

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