«Levantaos, no temáis.».

 

«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!»
.
(Mt 17,1-9). 


Jesús se transfigura delante de ellos. Muestra su gloria, junto a Moisés y Elías, la ley y los profetas. Su intención no es abolir nada, sino darle un cumplimiento pleno a las promesas de Dios en la historia de la salvación. Una finalidad que pasa por la muerte.


Están desbordados por lo que pasa, Jesús los levanta del suelo, «Levantaos, no temáis.». Su luz nos pone de pie, nos quita el miedo, nos llena de seguridad, nos marca el camino, nos da posibilidades de encuentro, de reconocer y reconocernos.  

Él es la luz maravillosa que llena de sentido. Es su rostro quien nos da luz, es Él quien nos llena.

La Transfiguración es una declaración de esperanza de parte de Dios frente a la desesperanza humana. Cuando las noticias hablan de armas, de bombardeos, de muertes, Dios llena de luminosidad nuestras vidas. Da claridad, muestra su divinidad. Nuestra esperanza no se apoya en estrategias humanas, en nuestros recursos para lograrla. La paz, como la bondad, como la alegría, como la salvación, no es una oferta que podamos garantizar las personas. Solo nos la alcanza Jesús y sólo las personas que se dejan llevar por su Espíritu que se entregan cada día poniendo lo mejor que tienen.

Que la transfiguración de Cristo se refleje en mis actos, con mi familia, con las personas que me rodean, dando un testimonio de que Él está en medio de nosotros.
Jesús, ayúdanos a encontrar el amor y la misericordia de Dios Padre.

Luminosa oscuridad
Eres incomprensible.
Pero la oscuridad de tu misterio,
es más luminosa
que nuestras ideologías,
pequeñas luces colgadas
en las encrucijadas.

Eres inaccesible. 
Pero tu distancia 
es más acogedora 
de lo último de mi ser, 
que todos los brazos 
que se cierran con amor 
sobre mis espaldas.

Eres indecible. 
Pero tu nombre 
orado humildemente, 
va manando silencioso 
más sabiduría 
que los torrentes de palabras 
que circulan en la tierra.

Eres inmanipulable. 
Pero tu designio 
trae hasta mis venas, 
una gota de vida eterna 
que hace brotar 
desde el centro de mi realidad 
todas mis creaciones.

(Benjamín G. Buelta, SJ)



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