Jesús llama para la misión. Envía a la misión con su autoridad. Desprendidos de seguridades y garantías. Confiando en la hospitalidad de los demás. Para anunciar el reino de Dios. Un programa en el que el único protagonista es él. Nosotros siervos entusiasmados.
Jesús nos quiso desde siempre en comunidad. El personalismo y el individualismo desvirtúan el mensaje del enviado de Dios.
La misión no es solitaria, es sentirnos comunidad que camina unida con la misión de anunciar la buena nueva y con la vida mostrar que es posible vivir en la confianza de aquel que nos invita a no ser individualistas.
La misión nace de la amistad con Jesús y se vive en fraternidad. Cada creyente, en su vida diaria, puede llevar el consuelo del Evangelio y la alegría de quien invita a volver al Padre.
La misión no es palabrería, no es distancia al mundo. La misión es tocar con aceite que cura, el del servicio, el de dar la vida.
Estamos enviados para extirpar el mal transformando las estructuras que hacen daño a nuestros semejantes y a nosotros.
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